Alfonso Núñez Arquitectos

Cuando proyectar es saber escuchar… cuando el arquitecto la hace de psicólogo

Cuando proyectar es saber escuchar… cuando el arquitecto la hace de psicólogo

Hace años recorte un artículo del periódico Reforma (7 de septiembre de 2008) que me pareció interesante, y ahora me lo he encontrado entre papeles…; en él se narra la experiencia de Christopher K. Travis -arquitecto de Texas- que desarrolló un sistema para enfocar el proceso de diseño que le llamó "Arquitectura Emocional".

Su método consistía en comenzar el diseño con un taller de introspección profunda para los clientes. Les pedía reflexionar sobre su historia familiar, sus emociones, incluso sus traumas, antes de hablar del proyecto y posibles estilos arquitectónicos. Les decía: "Antes de diseñar la cocina, hablemos de tus padres..."

Podrá sonar un tanto exagerado o poco realista, pero lo que me quedó claro al leer esa historia fue ésto: diseñar una casa es ayudar a alguien a contarse mejor su propia historia, y eso sólo se logra si antes de proyectar, sabemos escuchar…

Antes del plano: el arte de escuchar

Algo vamos aprendiendo con los años: el mejor proyecto para una casa no comienza con unos planos y renders, sino con una conversación profunda... Y no me refiero a la conversación técnica sobre medidas, materiales o estilos arquitectónicos. Hablo de una conversación real, casi terapéutica sobre el tipo de vida que habrá de desarrollarse, o al menos se desea dentro de ese nuevo proyecto, de ese nuevo hogar.

Como arquitectos, posiblemente queremos comenzar por la estética...; y como clientes, tal vez deseamos definir rápido si la casa será de estilo californiano, contemporáneo o minimalista…; pero todo eso es justamente el envoltorio.

El proyecto no comienza en la mesa de dibujo

Hay una dimensión emocional profunda en cada hogar. Una casa no es simplemente el lugar donde se duerme o se come: es donde se proyectan los anhelos, donde se reviven heridas, donde se forman los recuerdos más significativos. Hay historias que marcaron nuestra infancia y que quizás seguimos sin resolver…; y sin saberlo, buscamos que nuestra casa las proteja o las redima.

Por eso, antes de preguntar por el número de recámaras, hay que preguntar: ¿Cómo vives? ¿Cómo convives? ¿Qué te hizo feliz en las casas que habitaste? ¿Qué te incomodaba profundamente y hoy no quieres repetir? Y tal vez lo más importante: ¿Cómo deseas vivir en el futuro?

He vivido casos en los que una pareja se contradice desde el inicio del proceso del diseño: uno quiere una cocina abierta, el otro prefiere separada; uno busca amplitud, el otro, intimidad… Muchas veces, sin saberlo, están proyectando sus emociones más profundas en esas decisiones: sus inseguridades, sus recuerdos, su historia familiar, sus ilusiones, sus heridas…

Diseñar es escuchar con humildad

Tal vez como arquitectos no tenemos que ser psicólogos, pero sí necesitamos aprender a escuchar como tales. Escuchar sin prejuicio, sin apuro, sin imponer nuestro estilo por encima del modo de vida del otro: escuchar para comprender.

Diseñar un hogar no es imponer una firma, sino comprender y fomentar una manera de vivir. Es acompañar al cliente en un proceso de descubrimiento. A veces ni ellos mismos saben lo que realmente necesitan, y es el mismo proceso de reflexión sobre el proyecto el que revela poco a poco como debe ser finalmente y no necesariamente como el arquitecto lo imaginaba resolver.

¿Cuántas veces se han construido casas "perfectas" de arquitectos famosos -que aparecen en revistas y se comentan en las aulas- que terminan siendo inhabitables físicamente y emocionalmente? Casas que en el papel lo tienen todo, pero que no se sienten propias. Casas que no abrazan, sino que exhiben; casas que se construyen para ser vistas, pero no para ser vividas; para ser fotografiadas, pero no para resguardarnos…

El hogar como acto de reconciliación

Reflexionando sobre ésto ahora pienso que la casa es una oportunidad de reconciliarnos con nosotros mismos. Es el espacio donde podemos integrar lo que hemos vivido, lo que hemos perdido y lo que deseamos. Diseñar un hogar es ayudar a una persona -o toda una familia- a volver a habitarse a sí misma.

Por eso, más allá de estilos, materiales, espacios y presupuestos, la pregunta esencial es: ¿Qué necesitas realmente para sentirte en casa, en tu hogar? ¿Qué cosas pequeñas hacen que un espacio se vuelva tuyo? ¿Qué emociones quieres vivir cada día al despertar y al regresar por la noche?

Habitar un espacio no es simplemente ocuparlo. Es emocionarse y entusiasmarse en él. Sentir que nos pertenece y que le pertenecemos. Sentir que la luz entra en el momento justo, que el silencio acompaña, que la proporción nos dé paz... La arquitectura puede provocar emoción...; de hecho, si no emociona positivamente -y cotidianamente-, posiblemente algo importante le ha faltado.

Pienso que la arquitectura que debemos buscar no empieza con "ladrillos y vigas" -como decía aquel artículo- sino con una intención profunda: la de crear espacios que estén al servicio de la vida, de la memoria, de la relación humana.

La buena arquitectura no solo organiza los espacios. Acompaña, consuela, enriquece. Habla de cómo queremos vivir: quiénes somos y de quienes deseamos ser.

La arquitectura es algo serio e importante; no podemos ni debemos jugar al ego del arquitecto a costa de la integridad de sus futuros habitantes.

Y para eso, hay que aprender a escuchar antes de dibujar.