Alfonso Núñez Arquitectos

El hogar: entre la apertura y el refugio

El hogar: entre la apertura y el refugio

A los primeros hombres les llamamos cavernícolas.

No porque fueran torpes o atrasados, sino porque entendieron algo esencial: antes de contemplar el horizonte, había que protegerse. La cueva ofrecía refugio contra la intemperie, contra los depredadores, contra los intrusos. Marcaba un límite claro entre el afuera incierto y el adentro seguro.

Y en ese adentro se protegió algo decisivo: la familia.

El hogar no surgió como espectáculo, sino como resguardo. Como el lugar donde uno podía bajar la guardia, encender el fuego, dormir tranquilo, guardar lo que amaba.

Sin embargo, hoy pareciera que la arquitectura celebra lo contrario. La transparencia total se ha convertido en símbolo de modernidad. Ventanas de piso a techo, fachadas completamente acristaladas, espacios abiertos sin límites visibles. Se venden como lujo, como amplitud, como contacto directo con el mundo.

Y es verdad: las vistas pueden ser espectaculares. La luz abundante es un regalo. La sensación de apertura seduce.

Yo mismo vivo en un departamento con ventanas de piso a techo. Cuando alguien llega por primera vez, lo primero que hace es acercarse al vidrio y decir: “¡Qué vista!”. Es inevitable.

Pero también he observado algo más sutil: se acercan con cierto vértigo. No hay antepecho, no hay límite visual, no hay esa franja de muro que nos recuerda que estamos protegidos.

Con el tiempo he notado otras cosas.

El asoleamiento por el oriente es implacable en la mañana. El ruido no se aísla como debería. Las ventanas no cierran herméticamente. La limpieza es más compleja de lo que uno imagina cuando ve el render. Y la privacidad… bueno, no todo el mundo desea vivir en vitrina.

He conocido departamentos y oficinas con vistas extraordinarias donde, paradójicamente, las cortinas permanecen cerradas casi todo el día por el sol. Se diseñó para abrir… y se vive cerrando.

Recuerdo también una casa de un arquitecto muy ocupado: todo eran ventanas de piso a techo, incluso el baño de la recámara principal. La solución fue sencilla: cortinas.

No lo cuento como crítica, sino como reflexión. Si necesitamos cortinas permanentes para recuperar privacidad o confort, tal vez algo en el diseño no fue del todo honesto con la vida cotidiana.

Esto no significa que las ventanas de piso a techo sean un error en sí mismas. En ciertos casos son oportunas: frente a un parque, un bosque, una vista abierta que realmente vale la pena integrar; en espacios que requieren luz especial; en climas donde la ventilación cruzada está bien pensada y el vidrio es técnicamente adecuado.

El vidrio no es el problema. Lo problemático es usarlo sin preguntarnos qué exige realmente la vida cotidiana.

Porque junto a la apertura existe otra necesidad igualmente humana: la de protección.

El muro —tan desacreditado en tiempos de transparencia— ofrece algo valioso. Proporciona inercia térmica, aislamiento acústico, seguridad, privacidad natural sin necesidad de telas permanentes. Y sí, también permite colgar cuadros, apoyar un librero, crear un rincón que se sienta propio.

El muro no es atraso. Es cuidado.

Tengo clientes que desean vistas amplias, pero también privacidad y seguridad. No son caprichos opuestos. Son necesidades complementarias. El verdadero reto arquitectónico no es elegir entre muro o vidrio, sino encontrar el equilibrio que permita abrir cuando se quiere… y proteger cuando se necesita.

La arquitectura contemporánea ha exaltado la apertura total. Pero la historia humana comenzó en la protección. Tal vez la verdadera madurez no esté en eliminar los límites, sino en saber administrarlos con inteligencia.

La casa no nació para exhibirse. Nació para resguardar lo que amamos.

Si al final una vivienda permite disfrutar la vista, pero también descansar sin tensión; si deja entrar la luz, pero no obliga a defenderse de ella; si abre al mundo, pero protege la intimidad… entonces la arquitectura está cumpliendo su tarea.

Porque más allá de modas, estilos o superficies brillantes, el objetivo no es impresionar cinco minutos, sino permitir que la vida se viva en paz, todos los días.

El verdadero lujo es poder cerrar la puerta y sentir que estamos a salvo.

— Arq. Alfonso Núñez.